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La hegemonía en tiempos de crisis climática: De Vargas Vila a la captura de Nicolás Maduro

A propósito de la obra de José María Vargas Vila, la captura de Nicolás Maduro en Caracas en el contexto de la crisis climática



Contexto

El colombiano, y bogotano, José María Vargas Vila nació en 1860, un año antes que se desarrollara el conflicto norteamericano conocido como la Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865).

 

Si la gran nación se hubiera dividido definitivamente en dos estados rivales, los destinos de las Repúblicas que integraron alguna vez el Imperio español hubiesen podido ser distinto; sin embargo, luego de terminada la matanza, la potencia industrial salió fortalecida y geopolíticamente inclinada no hacia la construcción de una hermandad continental, sino hacia la afirmación de un poder hemisférico que redefiniría, en términos asimétricos, las condiciones materiales de existencia y los estilos de gobierno de las sociedades de América Latina.

 

Hacia 1930, el control político o la influencia de Estados Unidos estaba consolidada, la vida errante y combativa de José María Vargas Vila se desarrolló en paralelo al ascenso de una hegemonía que él denunció con su estilo prosaico, florido, lacónico (incluso lacerioso) y que servía para acreditar la erudición del autor (según las mentalidades relacionadas con la dignidad intelectual de finales del siglo XIX); el fallecimiento del literato colombiano en 1933, marcó simbólicamente el cierre de una época en la que la Doctrina Monroe había dejado de ser una declaración para convertirse en dominio efectivo, sin contrapeso regional alguno.

 

Ante los bárbaros: el yanki; he ahí el enemigo

 

José María Vargas Vila se hizo cosmopolita por los azares del destino. Durante su juventud fue profesor en diferentes pueblos cercanos a Bogotá; luego de unirse y pelear en los ejércitos liberales debió exilarse, y de allí en adelante escribió su biografía y sus obras literarias desde diferentes puntos cardinales en donde tuvo la oportunidad de avizorar la fuerza del “águila” en la región americana. En 1923 logra publicar la primera edición de su ensayo «Ante los bárbaros: el yanki; he ahí el enemigo», la edición completa fue publicada en 1930. Este documento es pionero y autentico en su estilo, con este trabajo el pensamiento colombiano cuenta con un baluarte espiritual de la misma altura de José Marti, Ruben Dario y José Carlos Mariategui.

 

Durante la primera década del siglo XX, estos pensadores observaron cómo los gobiernos de Estados Unidos pasaron de estrategias de intervención territorial directamente colonial a un ejercicio de control político sin anexión, influencia sin ocupación permanente, hegemonía sin imperio formal. En ocasiones como socio inigualable y en otras como árbitro severo, los diplomáticos latinoamericanos se disciplinaron en la prudencia cuando se trataba de relaciones con la potencia estadounidense de modo similar a la leyenda de la espada de Damocles; la cuestión era simple, un mal paso y las naciones eran despojadas, la doctrina de seguridad nacional, la que promete libertad y democracia siempre pasa su factura a los liberados, Vargas-Vila dibujó a los norteamericanos como los barbaros de las estepas que cabalgan cientos de kilómetros ¡grandes distancias! Para hacerse con campos que no son suyos:


«los corceles del despojo, piafan sobre

campos vírgenes, que no son los suyos, y, el

Mundo no siente el tropel de las hordas de

Alarico, marchando redivivas en las montañas latinas,

ni ve el rumbo de las naves de

los piratas del Norte, que navegan fijos sus

ojos en las estrellas del Sur.»

 

A donde quiera que se presentaron los norteamericanos, todo los negocios que se protocolizaban resultaban leoninos, el comercio era pura trocatinta, mucho antes de que Eduardo Galeano documentara con cifras y análisis las situaciones de fueras, el diagnostico estaba hecho:

 

«Washington, apuñalea a Bolívar por la espalda; y roba sus tesoros;

los yanquis, se entregan al reparto y, al

despojo de la América Latina, y, el mundo

ignora este reparto hecho por los piratas de

Cartago, creyendo en la derrota de Roma;

 

Ahora, el pueblo norteamericano, representado por su gobierno no es una nación nómada, pero su economía demanda un alto consumo energético que requiere satisfacer para mantener andando su aparato productivo, no es un asunto moral o ético, visto con la óptica de la mafia, el control del hemisferio ha sido un negocio, y el orden internacional antes de la segunda guerra mundial era el campo donde el más fuerte imponía sus reglas:


«y en este apocalipsis del Derecho, parece

que arcángeles monstruosos, vuelta la faz a

los cuatro puntos del horizonte, anunciarán

en sus trompetas la ruina total de los débiles y

el triunfo definitivo de la Fuerza.»

 

Después de 1945 se intentó construir un orden internacional con una agenda que vinculaba a todos los Estados, y que naturalmente era de largo plazo, se buscaba prevenir más guerras, garantizar la protección de los derechos humanos y construir un sistema económico que pudiese asegurar el bienestar a todas las gentes del mundo. Sin embargo, las guerras proliferaron, los derechos humanos se sacrificaron en nombre del orden o alguna locura ideológica y la relación inequitativa de las fuerzas del progreso material siguen manteniendo a millones debajo de la línea de pobreza: El orden global se ha fragmentado nuevamente política, ideológica y territorialmente.

 

¿Es posible un equilibrio de poder continental entre los pueblos latinoamericanos y del caribe y los Estados Unidos?

 

Hace 100 años Cuba siempre era el ejemplo, Vargas-Vila retrataba así la cuestión cubana:


«Cuba, es como el vaso roto que arroja el

Profeta en el camino de los pueblos de América;

es el hierro clavado en las entrañas;

sus llagas son nuestras llagas, sus dolores

son nuestros dolores, y su hundimiento marcará

el principio de nuestra desaparición.

Cuba, no puede acabar de renacer o de morir sin que nosotros,

todos, nos sintamos vivir de su vida o morir de su muerte;

(…)

en Cuba la protección, conquista disfrazada;

en Manila, la Batalla, conquista declarada; en Puerto Rico la posesión,

conquista tolerada; en Santo Domingo la ocupación,

conquista descarada; en Panamá la intervención,

conquista desvergonzada; siempre y

doquiera la Conquista;

(…)

¿qué no seríamos, qué no haríamos nosotros,

mucho más fuertes, más numerosos,

más aguerridos a la lucha?

la unión será nuestra vida;'

paz y unión, he ahí el muro;’

unión, he ahí el lema;

¿ideología? sea, pero generosa;

¿ensueño? sea, pero luminoso;»

 

La Revolución cubana de 1959 se consolidó en un contexto geopolítico excepcionalmente favorable, marcado por la bipolaridad de la Guerra Fría y por el respaldo estratégico de la Unión Soviética, circunstancia que permitió la pervivencia del régimen de Fidel Castro durante varias décadas. Sin embargo, el colapso de la URSS alteró radicalmente ese equilibrio y, ya entrado el segundo cuarto del siglo XXI, el orden internacional se reconfigura en torno a una lógica de imperios que, en tanto tales, priorizan abiertamente objetivos territoriales y económicos: China en Taiwán, Rusia en Ucrania, India en Cachemira y Estados Unidos en América Latina y el Caribe.

 

En este escenario, la hegemonía estadounidense en la región no adopta la forma clásica de una dominación colonial directa, sino que se ha estructurado históricamente como un sistema de control flexible, capaz de intervenir selectivamente mediante instrumentos diplomáticos, financieros, económicos y sancionatorios, así como a través del respaldo o la presión sobre gobiernos específicos. En el presente, esta modalidad de poder se ve atravesada por una creciente volatilidad en el estilo de relacionamiento internacional, particularmente visible durante administraciones como la de Donald Trump, donde la estabilidad deja de ser un valor estratégico y el ejercicio del poder se orienta —como advierte Giuliano da Empoli— hacia la producción deliberada de caos como forma de gobierno y disciplinamiento geopolítico.

 

Mientras sectores del aparato estatal estadounidense y algunos gobiernos subnacionales sostienen compromisos con agendas globales como la mitigación del cambio climático y la descarbonización de la economía, el Ejecutivo ha tendido a subordinar dichas prioridades a objetivos geopolíticos inmediatos, como lo evidenció la captura de Nicolás Maduro en Caracas el 3 de enero de 2026 y el tránsito discursivo desde la política antidrogas hacia una política energética que justificó la apropiación de petróleo como “cuenta de cobro”.

 

Esta tensión plantea serios interrogantes sobre la coherencia y credibilidad de los compromisos climáticos de Estados Unidos y confirma una relación estructuralmente asimétrica en la que la autonomía formal de los Estados latinoamericanos coexiste con una dependencia condicionada por la amenaza permanente de sanciones, aislamiento o intervención. Leída desde la obra de José María Vargas Vila, esta dinámica no constituye una anomalía sino la reiteración de una “Odisea de la Barbarie” denunciada desde comienzos del siglo XX: para el autor, el “Bárbaro del Norte” no ejerce un imperialismo civilizador, sino un filibusterismo voraz que opera mediante sofismas humanitarios, tratados como “papel mojado” y un cinismo armipotente que se presenta como liberador mientras asesina la libertad, tal como ocurrió en Panamá, Nicaragua, Haití o Santo Domingo y ahora Venezuela (2026).

 

Bajo esta lente, una eventual intervención en Venezuela no sería un hecho aislado, sino la continuidad de un patrón histórico en el que ninguna vida vale más que la continuidad de un buen negocio, ahora reeditado en un mundo nuevo imperialismos, donde, a diferencia de la segunda mitad del siglo XX, la hegemonía estadounidense ya no se equilibra frente a un antagonista sistémico, sino que oscila entre la retórica climática y la persistencia de prácticas extractivas y sancionatorias, obligándonos a revisar críticamente categorías como mercado, pueblo, verdad y libertad en un orden internacional cada vez más frágil.

 

Considerado este recorrido histórico e intelectual, la pregunta que se impone no es ya si América Latina y el Caribe pueden sustraerse a la hegemonía estadounidense, sino qué márgenes reales de acción subsisten para sus gobiernos, comunidades e intelectuales en un orden internacional marcado por nuevos imperialismos y por la racionalidad instrumental del capitalismo fósil.

 

Desde Vargas Vila, la respuesta no pasa por la ingenua expectativa de un equilibrio benevolente, sino por la conciencia lúcida del conflicto, la denuncia persistente del sofisma civilizatorio y la afirmación de una unidad latinoamericana entendida no como consigna romántica, sino como estrategia de supervivencia histórica. Sin embargo, asumir hoy esa herencia exige reconocer —con Weber— que actuamos dentro de una “jaula de hierro” donde la dominación no se impone únicamente por la fuerza, sino por la legalidad, la burocracia, el mercado y la técnica, incluidas aquellas que se presentan bajo el ropaje de la transición energética o la cooperación climática.

 

En este marco, el desafío latinoamericano no consiste en escapar del sistema, sino en disputar su sentido: tensionar sus categorías —mercado, desarrollo, seguridad, democracia, sostenibilidad— y construir formas de integración política, intelectual y social capaces de limitar el filibusterismo contemporáneo, incluso cuando este se ejerce en nombre del clima, de la libertad o del orden. Solo desde esa lucidez crítica, incómoda y no conciliadora, puede América Latina evitar que la crisis climática se convierta en la coartada definitiva de una hegemonía que, como advirtió Vargas Vila hace más de un siglo, jamás ha dejado de cobrar sus cuentas con el territorio, la energía y la vida de los pueblos del Sur.


El libro completo de José María Vargas Vila puede ser descargado aquí:


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